Almas muertas

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—¡Todavía sigue allí, el muy miserable! —murmuró entre dientes, y dio orden a Selifán de que se dirigiera hacia las cabañas de los campesinos, de tal manera que desde la casa del propietario no pudiera verse hacia dónde se encaminaba el coche. Tenía intención de llegarse a la casa de Plushkin, al que, según le había dicho Sobakevitch, se le morían los siervos como moscas, pero no quería que Sobakevitch lo supiera. Cuando el coche ya se hallaba al final de la aldea, llamó a un campesino, el cual, como una incansable hormiga, marchaba hacia su casa cargando un gran tronco con el que se había tropezado en el camino.

—¡Oye, tú, barbudo! ¿Cómo se puede ir hasta la aldea de Plushkin sin tener que pasar frente a la casa del señor?

El campesino pareció encontrarse en un aprieto para responder tal pregunta.

—¿Acaso no lo sabes?

—No señor, no sé cómo se podrá ir.

—¡Pues sí que tienes gracia! ¿No sabes quién es Plushkin, uno que es muy avaro y que da de comer mal a su gente?

—¡Ah, sí! ¡Tiene que ser el remendado! —exclamó el campesino.


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