Almas muertas

Almas muertas

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Un edificio oficial, de mampostería, de ese estilo arquitectónico tan conocido, con una mitad de ventanas simuladas, que se alzaba solitario en medio de un abigarrado conjunto de casitas de troncos y de una planta, propiedad de pequeños burgueses; la redonda cúpula enteramente recubierta de chapa de hierro que se levantaba sobre la nueva iglesia, más blanca que la nieve; el mercado, el pisaverde provinciano que aparecía donde menos se le esperaba: todo lo observaba mi viva y despierta atención, y sacando la cabeza desde el carromato que me transportaba, contemplaba el corte, nuevo para mí, de una levita, los cajones de madera repletos de clavos o bien de azufre, que amarilleaba al mirarlo de lejos, de jabón o de pasas, cajones que, cuando pasaba, distinguía al fondo de una verdulería junto con frasquitos de resecos caramelos de Moscú. Asimismo contemplaba al oficial de Infantería que marchaba por la acera, y que, habiendo venido de Dios sabe qué provincia, se había visto sumido en la monotonía de la cabeza de distrito, y al comerciante que, vestido con un chaquetón de Siberia, pasaba en su coche, y con la imaginación me veía transportado a su miserable vida.





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