Almas muertas

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La tarde del siguiente día Chichikov estuvo en casa del presidente de la Cámara, quien recibió a sus invitados, entre los que se hallaban dos damas, en bata, que para más detalles estaban algo sucias. Sucesivamente acudió a una velada en casa del vicegobernador, a una gran comida que ofrecía el arrendatario de los servicios públicos, a otra pequeña comida que daba el fiscal y que, por cierto, nada tuvo que envidiar a un gran banquete; estuvo también en el aperitivo que dio el alcalde después de la misa y que valió igualmente por una comida. En resumen, ni una sola hora se quedaba en la posada, donde sólo se le veía para dormir. El forastero sabía estar siempre en el sitio que le correspondía y se mostró como hombre experimentado en el trato. Cualquiera que fuese el tema, sabía en todo momento mantener la conversación: si se hablaba de la cría de caballos, él hablaba también sobre razas equinas; si se trataba de buenos perros, él hacía observaciones muy adecuadas; si se terciaba sobre un expediente incoado por la Cámara, demostraba que en modo alguno era un profano en lo que a los asuntos de los tribunales respecta; si daban en enumerar de virtudes, también en este tema razonaba muy bien, hasta con lágrimas en los ojos; si se trataba del billar, tampoco se quedaba atrás; si de la manera de preparar un ponche, tampoco en esto era manco; si de los funcionarios y vistas de aduanas, sus opiniones y observaciones acerca de ellos eran tan acertadas que se habría dicho que él mismo había ejercido como funcionario y vista aduanero.


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