Almas muertas
Almas muertas En algunas ocasiones, plantado en la puerta de la casa, se quedaba mirando el patio y el estanque y pensaba en lo bien que estaría si los uniera mediante un paso subterráneo, o si construyera sobre el estanque un puente de piedra y colocara a ambos lados diversos puestos en los que los comerciantes podrían vender todos esos pequeños artículos que necesitan los mujiks[11]. En esos momentos sus ojos adquirían una expresión sumamente dulce y su rostro adoptaba un aire de extremada complacencia.
Sin embargo, estos proyectos nunca pasaban de ser más que simples palabras. En su despacho había siempre un libro, en cuya página catorce había una señal, que comenzó a leer hacía dos años.
En la casa constantemente faltaba algo. La sala contenía unos hermosos muebles tapizados con elegante tela de seda que sin duda habría costado lo suyo, pero no alcanzó para dos sillones, y éstos continuaban tapizados con una sencilla harpillera, a pesar de que desde hacía unos cuantos años el dueño de la casa repetía siempre cuando llegaba una visita: «No se siente en estos sillones, aún tienen que terminarse».
Había otra estancia enteramente vacía, aunque en los primeros días de casarse él había dicho a su esposa: «Querida, debemos arreglar las cosas para que mañana sin falta traigan algunos muebles para poner aquí, aunque sea con carácter provisional».