Almas muertas

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CAPÍTULO II

Los caballos eran buenos y en escasamente media hora recorrieron las diez verstas. Era un camino que cruzaba primero un robledal, después unos campos en los que el trigo comenzaba a verdear entre los surcos acabados de abrir, y a continuación una serie de elevaciones desde las que se divisaban lejanos paisajes. Luego se encontraba una avenida de tilos que apenas comenzaban a echar hojas, avenida que iba a dar en el centro mismo de la aldea. Allí, la avenida de tilos giraba a la derecha, convertida en una calle bordeada de álamos de ovalado ramaje, protegidos en su parte baja por un trenzado de mimbres, y que acababa en una verja de hierro fundido, a través de la cual se distinguía el frontón de la casa del general, con abundante labor de talla y sus ocho columnas de orden corintio. Por todos lados se olía a pintura al aceite, todo era renovado sin dar tiempo a que las cosas envejecieran. Debido a su limpieza, se habría dicho que el patio era un piso de parquet. Chichikov descendió del coche con muestras de respeto, se hizo anunciar al general y le introdujeron directamente al despacho.





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