Almas muertas
Almas muertas Al día siguiente todo salió a las mil maravillas. Kostanzhoglo le entregó de buen grado diez mil rublos sin interés y sin garantía, contra un simple recibo. Hasta tal punto llegaba su deseo de ayudar a los que aspiran a hacerse ricos. Mostró a Chichikov toda su finca. ¡Cuánta sencillez e inteligencia en su organización! Parecía que las cosas se realizaran por sí mismas. No perdía inútilmente ni un solo minuto, no se advertía ni la menor negligencia. El terrateniente, al igual que un Argos de cien ojos, sorprendía al culpable. No había nadie desocupado. El mismo Chichikov se quedó sorprendido ante lo mucho que aquel hombre había llevado a cabo sin ruido, silenciosamente, sin escribir proyectos ni tratados sobre el modo de lograr el bienestar de todo el género humano; consideró la vida estéril del habitante de la capital, del que se dedica a pasear por parques y a galantear a las damas en los salones, o a dictar, alejado de todos, disposiciones que deberán aplicarse en los últimos límites del Estado. Chichikov quedó entusiasmado y la idea de transformarse en terrateniente se fue afirmando más y más en él.
