Almas muertas
Almas muertas El historiador de los hechos que relatamos se haría merecedor de graves reproches si no constatara aquí el gran placer que sintió el invitado al oír las palabras de Manilov. Por muy serio y discreto que fuera, poco le faltó para dar un salto a la manera de las cabras, cosa que, como todo el mundo sabe, sólo se hace en los momentos de intensa alegría. Se revolvió en la butaca con tanta violencia que rasgó la tela de lana con que estaba tapizado el asiento. El propio Manilov se le quedó mirando atónito. Desbordante de gratitud, volcó sobre Manilov tal cantidad de palabras de agradecimiento, que éste incluso llegó a turbarse. Más rojo que la grana, denegó con la cabeza y finalmente replicó que aquello carecía de importancia, que él habría querido poder ofrecerle otras muestras de la atracción de sus corazones, del magnetismo del alma, eran, en cierto sentido, algo que no tenía absolutamente ningún valor.