Almas muertas

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CAPÍTULO III

Entretanto, Chichikov, con un estado de ánimo excelente, continuaba avanzando en su carruaje, que desde hacía largo rato se deslizaba por el camino real. En el anterior capítulo hemos tenido ocasión de conocer cuál era el principal objeto de sus gustos y predilecciones. Nada tiene, pues, de particular, el que en seguida se dedicase a él por completo, en cuerpo y alma. Las consideraciones, conjeturas y cálculos, según daba a entender la expresión de su rostro, eran no poco gratas, ya que a cada instante dejaban la huella de una sonrisa llena de satisfacción. Sumido en sus meditaciones, no se dio cuenta de que el cochero, contento por la recepción de que le habían hecho objeto los criados de Manilov, hacía observaciones muy atinadas al caballo blanco que iba a la derecha del tiro. Dicho equino era extremadamente astuto, simulaba que con sus esfuerzos contribuía a arrastrar el coche, mientras el bayo de varas y el alazán claro de la izquierda —al que llamaban «Asesor», porque era un asesor quien se lo había vendido— trabajaban a conciencia, hasta el punto de que se veía claramente la satisfacción que ello le producía.




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