El retrato
El retrato En parte alguna se detenía tanta gente como ante la pequeña tienda situada en el pasaje de Schukin. En efecto, esta tienda ofrecía una colección muy variada de curiosidades: los cuadros en su mayoría estaban pintados al óleo, barnizados de verde oscuro y colocados en marcos de oropel, de un amarillo subido. Un paisaje de invierno, con árboles blancos; un atardecer muy rojizo, semejante a un incendio; un campesino flamenco con pipa y un brazo dislocado, que se parecía más bien a un galápago con puños que a un hombre. Tales eran sus motivos o argumentos favoritos. A todo esto, hay que agregar unos grabados, un retrato de Josev Mirza con gorro de piel de carnero y unos retratos de unos generales con tricornios y nariz aguileña.
Además, las puertas de esta clase de tiendas suelen estar llenas de obras litográficas, estampadas en grandes hojas, que dan testimonio del talento instintivo del hombre ruso. En una aparecía la zarina, Miliktrisa Kirbitievna; en otra, la ciudad de Jerusalén, a cuyas casas e iglesias se les había aplicado, sin más ni más, una pintura roja, que envolvía también una parte de la tierra, y dos campesinos rusos con manoplas en actitud de orar.
