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Las almas muertas
Las almas muertas Hacía ya más de una semana que el forastero vivía en la ciudad, yendo de veladas a comidas, y pasando de este modo el tiempo, como se suele decir, muy gratamente. Al final se decidió a ampliar sus visitas más allá de la ciudad y pasar a ver a los hacendados Manílov y Sobakévich, a quienes se lo había prometido. Tal vez lo empujara a ello otro motivo de más peso, un asunto más serio y más próximo a su corazón… Pero de todo esto se irá enterando el lector poco a poco y a su debido tiempo, siempre que tenga la paciencia de leer el presente relato, muy largo, el cual se extenderá y ampliará a medida que se acerque al final, que corona toda la obra. Al cochero Selifán se le dio la orden de tener enganchados, por la mañana temprano, los caballos a la calesa que ya conocemos. A Petrushka se le mandó quedarse en casa para vigilar su aposento y el equipaje. Para el lector, no estará de más conocer a los dos siervos de nuestro protagonista. Aunque no son personajes demasiado notables, huelga decirlo, sino que son más bien de esos que se califican de segunda fila o incluso de tercera, y, a pesar de que ni la marcha de los acontecimientos ni los resortes de este poema se apoyan en ellos y sólo se les alude y roza aquí y allá ligeramente…, no obstante, el autor siente un extraordinario apego por los detalles hasta en sus más mínimos aspectos y, en relación con esto, si bien es ruso, quiere ser meticuloso como un alemán. Por otra parte, no ocupará ni mucho tiempo ni mucho espacio, pues no hay gran cosa que añadir a lo que el lector ya sabe; es decir, que Petrushka llevaba una levita marrón un poco ancha heredada de su señor y que tenía, como es costumbre entre la gente de su condición, la nariz y los labios gruesos. De natural era más taciturno que locuaz e incluso manifestaba una noble inclinación a la cultura, esto es, a la lectura de libros cuyo contenido le resultaba indiferente. Se tratara de las tribulaciones de un personaje enamorado, de un simple silabario o de un libro de oraciones, a él le daba lo mismo: todo lo leía con idéntica atención; de haberle dado un manual de química, tampoco lo habría rechazado. Le gustaba no aquello sobre lo que leía, sino más bien la lectura misma o, mejor dicho, el proceso de leer, el hecho de que siempre, entre las letras, surge alguna palabra que, en ocasiones, sólo el diablo sabe qué quiere decir. A la lectura se entregaba las más de las veces en posición supina, en la antesala, sobre la cama cuyo jergón, debido a esta circunstancia, se había quedado aplastado y fino como una tortita. Además de la pasión por la lectura, Petrushka tenía otras dos costumbres que constituían dos de sus rasgos característicos: se acostaba sin desvestirse, tal como iba, con la misma levita, y emanaba persistentemente ese olor suyo tan peculiar, un tufillo que sólo le pertenecía a él, que evocaba en cierto sentido el de un cuarto habitado, de modo que bastaba con que colocara su cama en algún lugar, aunque fuera en una habitación hasta entonces desocupada, y trasladara allí su capote y sus enseres, para que ya pareciera que en esa habitación vivía gente desde hacía una década por lo menos. Hombre de lo más delicado, incluso aprensivo en ciertos casos, Chíchikov, al llenar los pulmones de buena mañana con la nariz fresca, se limitaba a fruncir el ceño y sacudía la cabeza, a la vez que decía: «El diablo sabrá qué pasa contigo, hermano. ¿Sudas o qué? Lo mejor sería que fueras a una casa de baños». A lo que Petrushka no replicaba nada y al instante se afanaba en ocuparse con cualquier otro quehacer: bien se acercaba, cepillo en mano, al frac colgado de su señor, bien se ponía a ordenar algo. ¿En qué pensaba, en aquellos momentos, cuando se sumía en el mutismo? Quizá dijese para sus adentros: «Pues anda que tú estás bueno… ¿No te aburres de repetir cuarenta veces, una y otra vez, lo mismo?». Sólo Dios lo sabe, es difícil comprender lo que piensa un siervo cuando su señor lo sermonea. Así pues, esto es todo cuanto podemos decir, por el momento, de Petrushka. Selifán, el cochero, era un hombre completamente diferente… Pero al autor le abochorna su propio empeño en distraer a los lectores tanto rato con gente de baja estofa, sabiendo por experiencia cuánto aborrecen tratar con sus inferiores. El ruso es así: arde en deseos de relacionarse con cualquiera que pertenezca a una categoría más alta que la suya, aunque sea sólo un grado, y prefiere conocer superficialmente a un conde o a un príncipe a entablar una estrecha amistad cualquiera. El autor incluso abriga algún que otro temor con respecto a su héroe, un simple asesor colegiado. Tal vez los consejeros de la Corte accedan a conocerlo, pero los que ostenten ya el rango de general, ¿quién sabe?, quizá le lancen una de esas miradas de desdén que dirigen con altanería a todo cuanto se arrastra a sus pies o, tanto peor, quizá pasen de largo con una indiferencia mortífera para el autor. Pero, por doloroso que sea lo uno y lo otro, tendremos que volver, no obstante, a nuestro protagonista. Así pues, después de dar las órdenes oportunas la noche anterior, se despertó muy temprano, se lavó y se frotó de la cabeza a los pies con una esponja húmeda, ritual que reservaba para los domingos, y aquel día resultó que lo era; luego se afeitó de tal modo que las mejillas, por su suavidad y tersura, se tornaron pura seda; se puso su frac moteado color frambuesa y su gabán forrado de abundante piel de oso, bajó por la escalera sostenido —ahora por la derecha, ahora por la izquierda— por el criado de la posada, y se montó en el carruaje. El coche cruzó con gran estruendo el portón de la posada y salió a la calle. Un pope que pasaba por allí se quitó el sombrero; algunos pilluelos con las camisas sucias alargaron las manos, diciendo: «¡Una limosnita, señor, para este pobre huérfano!». Percatándose el cochero de que uno de ellos parecía muy aficionado a saltar a la parte trasera de los carruajes, le arreó un latigazo, y el coche prosiguió su camino, dando brincos por el empedrado. No sin alegría vislumbraron a lo lejos la barrera rayada que marcaba el límite de la ciudad, señal de que el empedrado, como cualquier otro suplicio, pronto llegaría a su fin; y aún tuvo tiempo Chíchikov de darse algunos cabezazos bastante fuertes contra el techo de la calesa antes de que ésta comenzara a deslizarse, por fin, sobre terreno blando. Apenas dejó atrás la ciudad, empezaron a dibujarse, como es costumbre en nuestro país, las cosas más peregrinas y absurdas a ambos lados del camino: pequeños montículos, abetales, bosquecillos bajos y enclenques de jóvenes pinos, ennegrecidos troncos de árboles viejos, brezo salvaje y otras majaderías por el estilo. Encontraron pueblos tirados a cordel con casas similares a viejos almacenes de leña, cubiertas con techos grises ribeteados con adornos tallados en madera que parecían servilletas bordadas tendidas a secar. Algunos campesinos, según la costumbre, bostezaban sentados en bancos enfrente de las puertas, enfundados en sus zamarras de piel de oveja. Mujeres mofletudas, con vestidos ceñidos a la altura del pecho, observaban desde las ventanas superiores, mientras que en las de abajo un ternero miraba o un cerdo asomaba su hocico ciego. En pocas palabras, unas estampas de lo más familiar. Al pasar por delante del poste que señalaba quince verstas, recordó que el pueblo de Manílov, según este último, debía encontrarse por aquellos parajes, pero dejó atrás también la decimosexta versta sin que ningún pueblo apareciera en el horizonte y, de no haber sido por dos campesinos que salieron al encuentro, es poco probable que hubiesen dado con el camino. A la pregunta de si estaba lejos de allí el pueblo de Zamanílovka, los campesinos se quitaron los sombreros, y uno de ellos, con la barba puntiaguda y un poco más listo que el otro, respondió: