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Las almas muertas

Las almas muertas

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Capítulo sexto

Antes, hace ya tiempo, en la época de mi juventud, en la época irrecuperable de mi efímera infancia, la felicidad me invadía cuando llegaba por primera vez a un lugar desconocido, lo mismo daba si se trataba de una aldea o de una pequeña y pobre ciudad de distrito, de un pueblo grande o de un arrabal, pues la inquisidora mirada infantil descubría un sinfín de curiosidades. Ante cualquier edificio, ante todo cuanto llevara la marca de una peculiaridad notable, me detenía mudo de asombro: un edificio oficial de piedra, de conocida arquitectura y con la mitad de ventanas de trampantojo, que emergía solitario en medio de un montón de casitas de troncos de una sola planta pertenecientes a modestos burgueses; una cúpula redonda y correcta, revestida de planchas blancas y construida sobre una iglesia nueva de una blancura nívea; un mercado; un petimetre provinciano aparecido en medio de la ciudad… Nada escapaba a mi joven y sutil atención. Cuando, al asomar la nariz desde mi carromato, contemplaba el corte nunca visto de una levita, cajas de madera con clavos, azufre (cuyo color amarillo se distinguía a lo lejos), pasas y jabón, vislumbradas por entre la puerta de alguna tienda de comestibles, junto con tarros de caramelos resecos de Moscú, me fijaba también en el oficial de infantería que, llegado Dios sabe de qué provincia, languidecía en el hastío de una capital de distrito, y en el mercader con su caftán corto que pasaba, fugaz visión, en su carruaje ligero, y los seguía mentalmente en sus miserables vidas. Si me cruzaba con un funcionario de distrito, al instante me entregaba a mis cavilaciones: ¿iría a alguna velada en casa de uno de sus colegas, o bien directamente a la suya, para sentarse a descansar media hora en el zaguán, hasta que se hiciera de noche del todo, y luego cenaría en compañía de su anciana madre, de su mujer, de la hermana de su mujer y de la familia al completo? ¿De qué trataría su conversación cuando la joven sirvienta con un collar de bisutería, o bien el pequeño sirviente con su burda chaquetilla, después de la sopa llevara una vela de sebo en el antiguo candelabro de la casa? Al llegar a la aldea de cualquier terrateniente, miraba con curiosidad el estrecho y alto campanario de madera o la vieja y amplia iglesia ennegrecida de troncos. A lo lejos, por entre el follaje de los árboles, captaba los seductores destellos del tejado rojo y las blancas chimeneas de la casa señorial y esperaba con impaciencia a que los jardines que la tapaban se abrieran a ambos lados del camino, para que se me mostrase toda entera, cuya apariencia en esos días —¡ay!— no se me antojaba en absoluto vulgar. Por su aspecto, trataba de adivinar cómo sería su propietario: ¿estaría gordo, tendría hijos o media docena de hijas de risa sonora y juvenil, con sus juegos y la ineludible belleza de la benjamina? ¿Tendrían ellas los ojos negros, sería su progenitor un tipo jovial o más lúgubre que septiembre en sus días postreros? ¿Sería de esos que se abisman en la contemplación del calendario[70] y aburren a los jóvenes hablando de trigo y centeno?


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