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Las almas muertas

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Capítulo octavo

Las compras de Chíchikov se convirtieron en motivo de comentario general. En la ciudad corrieron rumores, opiniones y especulaciones acerca de si era ventajoso comprar campesinos para trasladarlos a otras tierras. Por los dimes y diretes se veía que abundaban los expertos en la materia. «Desde luego que es así —afirmaban unos—, eso no admite discusión: las tierras de las provincias del sur son buenas y fértiles. Pero, sin agua, ¿qué será de los campesinos de Chíchikov? Porque allí no hay río, ¿verdad?». «Eso es lo de menos, Stepán Dmítrievich, que no haya agua es lo de menos. El traslado sí que son palabras mayores. ¡Bien sabemos cómo es el campesino! Lejos de su terruño, sin isba ni corral, con la tarea de labrar una tierra virgen… Huirá como que dos más dos son cuatro, pondrá pies en polvorosa y nunca más volverán a verle el pelo». «Permítame, permítame, Alekséi Ivánovich, no estoy de acuerdo con lo que dice. ¿Por qué tendrían que huir los campesinos de Chíchikov? El ruso es capaz de todo y se adapta a cualquier clima. Envíalo incluso a Kamchatka, dándole, eso sí, unas manoplas de invierno, y ya verá: dará un par de palmadas y, hacha en mano, se construirá una isba nueva». «Pero, Iván Grigórievich, pasaste por alto un punto esencial: ¿qué clase de campesinos son esos que ha adquirido Chíchikov? Un terrateniente jamás se deshace de un buen hombre. Me juego la cabeza a que, entre los campesinos de Chíchikov, quien no sea ladrón o un borracho empedernido será un holgazán o un pendenciero». «Sí, sí, estoy de acuerdo, es verdad: nadie vende a sus mejores hombres, y los de Chíchikov serán unos borrachines en toda regla; pero hay que valorar el aspecto moral. Eso también cuenta: el aspecto moral. Con un traslado a nuevas tierras, los bribones de hoy pueden transformarse en excelentes súbditos. No escasean los ejemplos en este sentido: no sólo en la vida cotidiana, sino también a lo largo de la historia». «Nunca, nunca —objetaba el director de las fábricas estatales—, créame: eso es imposible. Pues los campesinos de Chíchikov tendrán que hacer frente a dos poderosos enemigos. El primero es la proximidad de las provincias de la Pequeña Rusia[87], donde, como se sabe, la venta de alcohol es libre. Al cabo de dos semanas, se lo aseguro, estarán borrachos como una cuba y no habrá modo de que se pongan en pie. El otro enemigo es la costumbre que adquirirán, a consecuencia del traslado, de una vida vagabunda. Sería, pues, necesario que Chíchikov los vigilara siempre muy de cerca y que los tratara con mano de hierro, que no les dejara pasar ni una y que, sin delegar en nadie, se ocupara en persona de dar puñetazos en los dientes y pescozones donde y cuando hiciera falta». «A ver, ¿por qué debería encargarse Chíchikov de este quehacer? Bien puede tener un intendente». «Sí, claro, vaya y encuéntrelo. ¡Son todos unos rastreros!». «Si son rastreros es porque los señores no se ocupan de su hacienda». «Es verdad —corroboraban muchos—. Si el terrateniente entiende algo de cómo hay que gestionar una hacienda, también sabrá distinguir a la gente y tendrá un intendente como es debido». A lo que el director replicó que, por menos de cinco mil rublos, era imposible dar con semejante pájaro. Pero el presidente aseguró que se podía tener un buen intendente incluso por tres mil. «¿Y de dónde lo sacará? —preguntó el director—. ¿De sus narices, quizás?». «No, de mis narices, no —respondió el presidente—. De nuestro propio distrito y, más concretamente, en la persona de Piotr Petróvich Samóilov. ¡Ése es el intendente que hace falta para los campesinos de Chíchikov!». Muchos se ponían en el pellejo de nuestro héroe, y las dificultades que entrañaba el traslado de una cantidad tan enorme de campesinos les horrorizaba. Les asaltó el temor incluso de que se produjera un motín en el seno de la tumultuosa chusma que conformaban los campesinos de Chíchikov. En ese punto, el jefe de Policía declaró que ese temor era infundado, que para prevenir cualquier revuelta estaba la autoridad del capitán de la policía del distrito, cuya gorra bastaba —sin necesidad de que su dueño se personara— para empujar a los campesinos, como ovejas de un rebaño, hasta su lugar de residencia. Muchos tenían su propia opinión sobre cómo se debía erradicar el espíritu de sedición que poseía a los campesinos de Chíchikov. Había opiniones para todos los gustos: unas impregnadas de una severidad y de un rigor militar, casi excesivas; otras, por el contrario, destilaban indolencia. El jefe de Correos observó que Chíchikov tenía de ahora en adelante un deber sagrado, que podía convertirse —según su expresión— en una especie de padre para sus campesinos, a quienes podía iniciar incluso en los beneficios de la instrucción. De paso, elogió el sistema educativo de Lancaster, que predicaba la enseñanza mutua[88].


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