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Las almas muertas
Las almas muertas Por la mañana, mucho antes de la hora admitida para las visitas en la ciudad de N., una dama vestida con una coqueta esclavina de cuadros —acompañada de un lacayo enfundado en un capote de varios cuellos y tocado con un sombrero redondo acharolado y galoneado de oro— salió revoloteando por las puertas de una casa de madera naranja, con buhardilla y columnas color azul cielo. Con una prisa fuera de lo común, la dama subió dando saltitos al estribo levadizo de una calesa que la esperaba en la entrada. El lacayo, acto seguido, cerró la portezuela, hizo desaparecer el estribo y, aferrándose a la correa posterior del vehículo, gritó al cochero: «¡En marcha!». La dama acababa de enterarse de una noticia y sentía el impulso irrefrenable de comunicarla cuanto antes. Miraba a cada instante por la ventanilla y constataba, con un disgusto indescriptible, que aún quedaba medio camino por recorrer. Todas y cada una de las casas le parecían más largas de lo habitual; el hospicio blanco de piedra, con estrechas ventanitas, se estiró interminablemente, de modo que la dama no pudo evitar exclamar: «¡Maldito edificio, nunca se acaba!». En dos ocasiones el cochero ya había recibido la misma orden: «¡Más deprisa, Andriushka, más deprisa! ¡Hoy tardas de un modo insoportable!». Finalmente, llegaron a su destino. La calesa se detuvo ante otra casa de madera, baja, gris oscuro, adornada de pequeños bajorrelieves blancos sobre las ventanas, enrejadas con altas celosías; enfrente, en un jardincito estrecho, se erguían unos arbolitos raquíticos, emblanquecidos por el polvo de la ciudad. Detrás de los cristales, se veían macetas de flores, un loro que se balanceaba en su jaula, colgado de una anilla por el pico, y dos perritos que dormían al sol. Allí vivía una amiga sincera de la dama recién llegada. El autor encuentra harto difícil nombrar a las dos damas de manera que no vuelvan a enfadarse con él como ya lo hicieron en el pasado. Llamarlas con un nombre ficticio es peligroso. Sea cual sea el nombre que se invente, por fuerza se encontrará en algún rincón de nuestro Estado, habida cuenta de lo grande que es, alguien que lo lleve, y éste necesariamente se enfadará a muerte, y empezará a decir que el autor ha ido en secreto a espiarlo, a averiguar quién es, con qué ridícula pelliza se abriga, a qué Agrafena Ivánovna frecuenta y qué le gusta comer. En cuanto a optar por referirse a alguien por los rangos, ¡Dios nos libre! El peligro es aún mayor. En los tiempos que corren, tanto rangos como títulos están tan irritados que, todos sin excepción, ven alusiones personales en cualquier libro impreso: por lo visto, tal es la sensación que flota en el aire. Basta con decir que en una ciudad hay una persona estúpida para que salte un señor de aspecto respetable y se ponga a gritar: «¡Yo también soy una persona!; ¡por tanto, también soy estúpido!». En una palabra, enseguida ata cabos. Por tanto, para evitar estos contratiempos, nos referiremos a la dama que recibía visita tal como la llamaban casi unánimemente en la ciudad de N., esto es, la dama agradable en todos los sentidos. Este nombre se lo había ganado a pulso, ya que no escatimaba esfuerzos en mostrarse amable en grado superlativo. Si bien, es verdad, a través de la gentileza se deslizaba, ¡ay, ay, ay!, toda la vivacidad del carácter femenino, y también, a veces, de cada una de sus palabras agradables emergía, ¡ay, ay, ay!, cada aguja… Dios nos libre, por lo demás, de entrever lo que hervía en su corazón contra cualquiera que, de algún modo o por los medios que fuera, tuviese la tentación de disputarle el primer puesto. Pero todo ello se envolvía del más delicado refinamiento social que se pueda encontrar en una ciudad de provincia. Ejecutaba cada movimiento con elegancia, incluso sentía inclinación por la poesía y sabía mantener a veces la cabeza en una postura soñadora, y todos se mostraban de acuerdo en que era, en efecto, una dama agradable en todos los sentidos. La otra, su visitante, no tenía un carácter tan polifacético y, por eso, la llamaremos, a secas, la dama sencillamente agradable. La llegada de la visitante despertó a los perritos que dormían al sol: la peluda Adèle, que se enredaba sin cesar con sus propias lanas, y el faldero Pot-Pourri, de finas patitas. Una y otro, ladrando, fueron a menear la cola al vestíbulo, donde la visitante se desembarazaba ya de su esclavina y dejaba al descubierto un vestido con estampado y de color a la moda, con largas colas de piel alrededor del cuello, mientras el perfume de jazmín invadía toda la habitación. En cuanto la dama agradable en todos los sentidos se enteró de la llegada de la dama sencillamente agradable, corrió al vestíbulo. Las damas se cogieron de las manos, se besaron y lanzaron los mismos gritos que dos colegialas que se encuentran poco después de haber acabado los estudios y a quienes sus queridas mamás aún no han tenido tiempo de explicar que uno de sus padres es menos rico que el otro y ostenta un rango inferior. El beso tuvo que ser sonoro, pues los perritos reanudaron sus ladridos, lo que les valió un pequeño azote con el pañuelo; ambas damas se encaminaron al salón, azul como es natural, con un sofá, una mesita ovalada e incluso unos pequeños biombos cubiertos de hiedra; detrás de ellas corrieron, sin dejar de gruñir, la peluda Adèle y el alto Pot-pourri sobre sus finas patitas. «¡Por aquí, por aquí, en este rinconcito! —decía la anfitriona, haciendo que su invitada tomara asiento en un rincón del sofá—. ¡Muy bien, así! ¡Aquí tiene este cojín!». Dicho esto, le encajó un cojín detrás de la espalda, en el que figuraba, bordado en lana, un caballero parecido a todos los caballeros de tapicería: la nariz en escalera y los labios en rectángulo. «Qué feliz estoy de que usted… Al oír que alguien llegaba, he pensado: ¿quién podrá llegar tan pronto? Parasha me anuncia: “La esposa del vicegobernador”. Y yo le digo: “Ya vuelve otra vez esa boba a fastidiarme”, y ya quería que le dijera que no estaba en casa…».