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Las almas muertas
Las almas muertas Reunidos en casa del jefe de Policía, padre y benefactor de la ciudad, ya familiar para el lector, los funcionarios pudieron constatar que todos aquellos desvelos y zozobras les habían hecho enflaquecer. En efecto, el nombramiento del nuevo gobernador general y aquellos documentos recibidos con un contenido tan serio, a los que se añadían Dios sabe qué rumores, habían dejado huellas visibles en sus rostros, y a muchos de ellos los trajes ahora les iban holgados. Todos habían perdido peso: el presidente estaba más delgado, el inspector de Sanidad también, así como el procurador e incluso un tal Semión Ivánovich a quien nunca llamaban por su apellido y que lucía en el índice de la mano derecha un anillo que solía enseñar a las damas. Hubo, como siempre en todas partes, algunos individuos intrépidos que mantuvieron la sangre fría, pero fueron muy pocos. A decir verdad, sólo el jefe de Correos. Fue el único que supo mantener la serenidad; en casos por el estilo, siempre decía: «¡Bah, ya conocemos a esos gobernadores generales! Ya he visto pasar a tres o cuatro, mientras que yo, caballeros, hace treinta años que ostento el mismo cargo». A lo que los otros funcionarios solían responder: «A ti te va bien, sprechen Sie Deutsch Iván Andréich, tu trabajo consiste en despachar correo, sin más. Pocas ventajas puedes arañar: cerrar la oficina una hora antes de lo previsto, aceptar un regalito de un comerciante que quiere enviar una carta fuera de horario o admitir un paquete que deberías rechazar. Así, por supuesto, cualquiera es un santo. Pero ya nos gustaría verte si todos los días el diablo se las ingeniara para untarte la mano y, aunque tú no quisieras tomar nada, te lo metieran en el bolsillo. Además, no debes hacer frente a demasiadas preocupaciones, ¡sólo tienes un hijo! Pero si Dios hubiese tocado a tu esposa con su gracia como a mi Praskovia Fiódorovna, que no pasa un año sin que dé a luz a una pequeña Praskovia o a un pequeño Petrushka, otra canción cantarías». Así hablaban los funcionarios, y uno se puede preguntar, en efecto, si es realmente posible resistirse a las tentaciones del demonio. No obstante, el autor no es quién para juzgarlo. En cuanto a la reunión de ese día, brillaba por su ausencia eso tan indispensable que el pueblo llano llama buen juicio. Por lo demás, los rusos no estamos hechos para las asambleas representativas. En todas nuestras asambleas, desde las juntas campesinas hasta toda suerte de comisiones de eruditos y de los que no lo son, se observa una confusión considerable, a no ser que haya alguien al mando que lo dirija todo. Es difícil explicar por qué esto es así. Al parecer, nuestro pueblo ruso está constituido de tal manera que no pueden prosperar más que las reuniones que se convocan para organizar fiestas y banquetes, y otros vauxhall a la moda extranjera[111], lo que no nos impide estar dispuestos a emprender cualquier cosa. Según como sople el viento, creamos sociedades benéficas, filantrópicas y Dios sabe qué más. Nuestros propósitos son nobles, pero nada resulta de ello. Quizá sea porque nos contentamos desde el principio, creyendo que todo está hecho. Por ejemplo, después de fundar una sociedad benéfica para el amparo de los pobres y de recolectar una suma nada desdeñable, antes que nada empezamos por celebrar sin dilación tan loable acción invitando a cenar a la plana mayor de la ciudad, lo que engulle, por supuesto, la mitad de los fondos; con el dinero restante se alquila, a nombre del comité, una casa magnífica, con calefacción y conserjes, con lo que, al final, la suma destinada a los pobres queda mermada a cinco rublos con cincuenta. Para colmo, los miembros del comité no consiguen ponerse de acuerdo en cuanto al reparto de este importe, pues cada uno de ellos reclama que se adjudique a un compinche suyo. La reunión que se mantenía ese día, por lo demás, era de una índole completamente distinta: se había convocado por necesidad. El orden del día no eran los pobres ni gente ajena. El asunto concernía a todos y cada uno de los funcionarios, el debate trataba sobre un peligro que los amenazaba a todos por igual; por tanto, mal que los pesara, tendrían que actuar codo con codo y en armonía. Pero, con todo, el diablo sabe qué resultó. Sin hablar de las discrepancias de opinión inherentes a todas las reuniones, la asamblea hizo gala de una incompresible indecisión: uno decía que Chíchikov era un falsificador de billetes del Estado y luego añadía: «O quizá no»; otro afirmaba que era un funcionario al servicio del gobernador general, antes de precisar: «Aunque… vayan a saber, ¡no lo lleva escrito en la frente!». Todos se soliviantaron ante la presunción de que pudiera ser un bandido disfrazado: consideraron que, aparte de su aspecto, de por sí bastante respetable, nada había en su conversación que lo delatara como un hombre de carácter violento. De pronto, a consecuencia de una inspiración repentina, el jefe de Correos, que se había quedado algunos instantes sumido en una suerte de cavilación, exclamó: