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Las almas muertas
Las almas muertas —Si el coronel Koshkariov está realmente loco, mucho mejor —decÃa ChÃchikov al encontrarse de nuevo entre campos y espacios abiertos, cuando todo signo de vida habÃa desaparecido y no quedaba más que la bóveda celestial y dos nubes a un lado—. Selifán, ¿te enteraste como es debido de cuál es el camino para ir a casa del coronel Koshkariov?
—Pável Ivánovich, tenga la bondad de ver que estuve ocupado en preparar el coche y que no tuve tiempo de eso, pero Petrushka se lo preguntó al cochero del general.
—¡Qué idiota! Te tengo dicho que no se puede confiar en Petrushka: Petrushka es un zopenco, Petrushka es un mentecato. Petrushka, seguramente, ahora mismo ya va borracho.
—Pero ¡si para eso no se necesita ser un lumbrera! —intervino Petrushka, volviéndose a medias y mirando con el rabillo del ojo—. Al bajar la cuesta, hay que continuar por el prado, eso es todo.
—Y tú, además de aguardiente, ¿no te has echado nada más al coleto? ¡Buena pieza estás hecho, buena pieza! ¡No hay duda de que, por tu prestancia, eres la admiración de Europa! —Dicho esto, ChÃchikov se acarició la barbilla y pensó: «¡Hay que ver, qué diferencia hay entre un ciudadano culto y un rudo lacayo de cara fea!».