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Las almas muertas

Las almas muertas

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Capítulo cuarto

Al día siguiente todo salió de la mejor manera posible. Kostanzhoglo le entregó diez mil rublos de buena gana, sin intereses ni avales, y se limitó a pedirle que firmara un recibo. Estaba dispuesto a ayudar de este modo a todo aquel que persiguiera el camino de la prosperidad. Enseñó a Chíchikov su hacienda. Todo era sencillo y estaba dispuesto con inteligencia. Todo se había organizado de manera que funcionara por sí solo. No se desperdiciaba ni un minuto, los campesinos no cometían la más mínima negligencia. El terrateniente, como si tuviera un ojo que todo lo viera, hacía que los hombres se pusieran inmediatamente manos a la obra. En ningún lugar había holgazanes. Ni siquiera Chíchikov podía dejar de impresionarse por lo mucho que había hecho ese hombre en silencio, sin hacer ruido, sin redactar proyectos o tratados acerca de cómo proporcionar el bienestar a toda la humanidad. Asimismo, le impresionaba la esterilidad de la vida del habitante de la capital, ese que araña con sus pies los suelos de parqué, ese adulador de los salones, ese arquitecto de grandes proyectos que, en su torre de marfil, dicta instrucciones para los remotos confines del imperio. Chíchikov estaba completamente extasiado, y la idea de convertirse en terrateniente arraigó en él aún más hondo. Kostanzhoglo no sólo le enseñó todo alrededor, sino que se ofreció a acompañarlo a casa de Jlobúev para examinar la finca juntos. Chíchikov estaba de buen humor. Después de un desayuno copioso, se pusieron en camino los tres, que se montaron en el coche de Pável Ivánovich, mientras que el drozhki del anfitrión los seguía, vacío. Yarb corría delante y ahuyentaba los pájaros de la carretera. A lo largo de quince verstas los bosques y las tierras de cultivo de Kostanzhoglo se extendieron a ambos lados del camino. Los bosques y los prados se alternaban sin cesar. Ni una sola brizna de hierba estaba fuera de lugar: todo, como en una creación divina, parecía formar parte de un jardín. Pero enmudecieron sin querer en cuanto empezaron las tierras de Jlobúev: en lugar de bosques, vieron arbustos mordisqueados por el ganado y centeno cubierto de maleza, que apenas había crecido, ahogado por la neguilla y la cizaña. Finalmente surgieron unas chozas vetustas, sin cercado, y, en el medio, una casa de piedra deshabitada, sin terminar. Al parecer, no habían tenido material con el que hacer el tejado, así que por arriba se había quedado cubierta de paja, ahora ennegrecida. El dueño vivía en otra casa, de una sola planta. Salió corriendo a recibirlos, enfundado en su vieja levita, greñudo y con unas botas agujereadas, soñoliento y desaliñado, pero se percibía algo de bondad en su rostro.


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