Poesia
Poesia Pocos autores han trabajado tanto en la creación de un estilo personal como Góngora; más que estilo lo que consiguió fue una lengua diferente a la común, apropiada para traducir un mundo imperecedero, producto del arte y ajeno a la realidad. Su gran aportación fue tomar como modelo la Naturaleza y encontrar el modo de comunicar su riqueza de sensaciones (visuales, táctiles, auditivas, olfativas) a partir de la potenciación de las cualidades que la constituyen. Las más vivas sensaciones artísticas se plasman en su lenguaje (especialmente en sus grandes poemas) para manifestar la emoción del paisaje y los logros estéticos ante temas clásicos (mitos). Incorporó como novedades en su vocabulario viejos cultismos en los que había hallado el significado menos utilizado; indagó en el valor culto de palabras usadas en el lenguaje vulgar; dio nuevo significado a la metáforas tradicionales; escudriñó en la lengua hasta encontrar la voces más sonoras y exactas para traducir su sentimiento e inteligencia; resucitó el valor de las perífrasis para establecer relaciones íntimas y laberínticas entre las ideas; complicó la expresión con nuevos giros inusuales en la lengua común; actualizó viejas formas latinizantes como el hipérbaton; prescindió de los nexos relacionantes para hacer del período sintáctico un laberíntico discurso entretejido de meandros informativos y buceó en la cultura clásica para apropiarse de todo un mundo de anécdotas, símbolos, emblemas, imágenes, afinidades, correspondencias y discrepancias que convirtió después en concepto propio. Sin embargo, no sólo integró lo culto en el lenguaje sino que incorporó a su poesía los elementos populares que contenían un sentido poético, elevando éstos a la misma categoría de aquéllos y consiguiendo para la lírica la verdadera fusión de las dos tendencias que habían caminado paralelamente durante siglos. El triunfo en las dos vertientes le valió en su época el sobrenombre de «príncipe de la luz» y «príncipe de las tinieblas» (Pedro de Valencia). En cualquier caso, su arte resultaba una provocación y un reto explicado de muy distintas maneras. Para unos (Spitzer) ese afán de dominar el mundo por el arte era la compensación de sus frustraciones personales; para otros (Pabst) su poesía constituía el refugio de sus sentimientos y precisamente fue esa capacidad de eliminar el sentimiento lo que le permitió realizar lo más difícil, «crear algo que cautive la vista, el oído o la mente lo mismo que entusiasma inmediatamente contemplar la pura belleza, oír la pura música, conocer el resultado del raciocinio» (Pabst). La magia, e incluso la mística de su palabra, fue el instrumento con el que, aislándose de una realidad que le era desagradable y hostil, accedió a una nueva dimensión del mundo en donde todo era matemáticamente perfecto y obedecía a las únicas leyes del arte. Aseguraba así para él y su obra la eternidad que le negaba la fugacidad del tiempo.
