La Madre

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Capítulo I-XVIII

Por la noche, el ucraniano salió de casa y la madre encendió la lámpara y se sentó a la mesa a hacer calceta. Pero al poco tiempo se levantó, cruzó indecisa la habitación, entró en la cocina, cerró la puerta con pestillo y, frunciendo las cejas con gesto terco, regresó a la habitación. Bajó las cortinas de las ventanas y, cogiendo el libro del estante, volvió a sentarse a la mesa, miró a su alrededor, inclinó la cabeza sobre el libro y comenzó a mover los labios. Cuando llegaba algún ruido desde la calle, ella se sobresaltaba y tapaba el libro con la palma de la mano y agudizaba el oído… Luego volvía a su tarea y, cerrando y abriendo los ojos mecánicamente, comenzaba a bisbisear: «Vivir, tierra, nuestra…».

Pero de repente tocaron a la puerta. La madre se levantó de un salto, colocó el libro en el estante y preguntó alarmada:

—¿Quién es?

—Soy yo…

Entró Rybin, se mesó la barba con dignidad y observó:

—Antes hacías pasar a las visitas sin preguntar… ¿Estás sola? Bien… Por un momento pensé que el ucraniano podría estar en casa. Le he visto hoy. La cárcel no malea a las buenas personas.

Tomó asiento y le pidió a la madre:

—¡Hablemos un poco…!


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