La Madre
La Madre Tres veces habÃa pedido autorización para ver a Pável y por tres veces se la habÃa denegado de buenas maneras el general de los gendarmes, un viejecito de pelo canoso, mejillas purpúreas y una gran nariz.
—¡Dentro de una semana, madrecita! ¡No antes! Ya veremos dentro de una semana, porque por el momento es imposible…
Era redondo y gordito y le recordaba a una ciruela madura que, tras un tiempo caÃda en el suelo, estuviese ya recubierta de una capa de moho. Andaba siempre hurgándose sus dientecillos blancos con un palillo afilado y amarillento, mientras sus pequeños ojos verdosos sonreÃan amables y su voz sonaba amistosa y cordial.
—¡Es amable! —le dijo al ucraniano—. SonrÃe todo el tiempo…
—¡Claro, claro! —dijo el ucraniano—. Son amables y te sonrÃen. Pero si les ordenan: «Bueno, aquà tienes un hombre inteligente y honrado, que es peligroso para nosotros ¡Anda y ahórcalo!», ellos sonrÃen y ahorcan al hombre. Y luego vuelven a sonreÃr.
—En cambio, el oficial que dirigió el registro en casa sà que no ofrecÃa dudas… —comparó la madre—. Ése al momento se veÃa que era un perro…