La Madre

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Capítulo I-XIX

Tres veces había pedido autorización para ver a Pável y por tres veces se la había denegado de buenas maneras el general de los gendarmes, un viejecito de pelo canoso, mejillas purpúreas y una gran nariz.

—¡Dentro de una semana, madrecita! ¡No antes! Ya veremos dentro de una semana, porque por el momento es imposible…

Era redondo y gordito y le recordaba a una ciruela madura que, tras un tiempo caída en el suelo, estuviese ya recubierta de una capa de moho. Andaba siempre hurgándose sus dientecillos blancos con un palillo afilado y amarillento, mientras sus pequeños ojos verdosos sonreían amables y su voz sonaba amistosa y cordial.

—¡Es amable! —le dijo al ucraniano—. Sonríe todo el tiempo…

—¡Claro, claro! —dijo el ucraniano—. Son amables y te sonríen. Pero si les ordenan: «Bueno, aquí tienes un hombre inteligente y honrado, que es peligroso para nosotros ¡Anda y ahórcalo!», ellos sonríen y ahorcan al hombre. Y luego vuelven a sonreír.

—En cambio, el oficial que dirigió el registro en casa sí que no ofrecía dudas… —comparó la madre—. Ése al momento se veía que era un perro…


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