La Madre

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Capítulo I-XXV

Se oyeron ruidos en el porche. Los dos se miraron con un sobresalto.

La puerta se abrió lentamente y entró Rybin con su andar cansino.

—¡Vaya! —dijo sonriendo y levantando la cabeza—. A vuestro Foma le gusta todo: el pan, el vino… ¡Podéis saludarme!

Vestía un abrigo corto manchado de brea y calzaba unas esparteñas de corteza trenzada de tilo. De su cinturón colgaban unas manoplas negras y se cubría la cabeza con un gorro afelpado.

—¿Qué tal de salud? ¿Te dejaron en libertad, Pável? ¿Y a ti, Pelagia, cómo te va la vida…? ¡Bueno…! —y sonrió abiertamente, mostrando sus dientes blancos. Su voz sonaba más suave que antes de marcharse y en su rostro la barba parecía más tupida.

La madre se alegró de verle, se acercó a él, estrechó su mano, grande y morena, y aspirando el sano y potente olor a brea, dijo:

—¡Vaya, así que eres tú…! ¡Me alegro de verte…!

Pável sonreía y examinaba a Rybin.

—¡Qué campesino con tan buena estampa!

Rybin dijo, mientras se quitaba el abrigo:

—¡Sí, campesino otra vez! ¡Mientras vosotros os convertís poco a poco en señores, yo regreso a mis orígenes!


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