La Madre
La Madre Se oyeron ruidos en el porche. Los dos se miraron con un sobresalto.
La puerta se abrió lentamente y entró Rybin con su andar cansino.
—¡Vaya! —dijo sonriendo y levantando la cabeza—. A vuestro Foma le gusta todo: el pan, el vino… ¡Podéis saludarme!
VestÃa un abrigo corto manchado de brea y calzaba unas esparteñas de corteza trenzada de tilo. De su cinturón colgaban unas manoplas negras y se cubrÃa la cabeza con un gorro afelpado.
—¿Qué tal de salud? ¿Te dejaron en libertad, Pável? ¿Y a ti, Pelagia, cómo te va la vida…? ¡Bueno…! —y sonrió abiertamente, mostrando sus dientes blancos. Su voz sonaba más suave que antes de marcharse y en su rostro la barba parecÃa más tupida.
La madre se alegró de verle, se acercó a él, estrechó su mano, grande y morena, y aspirando el sano y potente olor a brea, dijo:
—¡Vaya, asà que eres tú…! ¡Me alegro de verte…!
Pável sonreÃa y examinaba a Rybin.
—¡Qué campesino con tan buena estampa!
Rybin dijo, mientras se quitaba el abrigo:
—¡SÃ, campesino otra vez! ¡Mientras vosotros os convertÃs poco a poco en señores, yo regreso a mis orÃgenes!