La Madre
La Madre Cuando la madre salió a la calle y oyó en el aire aquel rumor de voces, inquieto y expectante, cuando vio por todas partes, en las ventanas y los portones de la casas, corrillos de gente que seguÃan con mirada curiosa el paso de Andréi y su hijo, sus ojos se cubrieron con una mancha nebulosa, que parecÃa ondularse sobre sà misma y cambiar constantemente de color, de un verde transparente a un gris turbio.
La gente les saludaba y en sus saludos habÃa algo especial. Sus oÃdos cazaron algunos comentarios intermitentes, proferidos en voz baja:
—¡Ahà van los cabecillas…!
—¿Cómo? ¡Nosotros no sabemos nada de cabecillas…!
—¡Pero si no estoy diciendo nada malo…!
En otro patio alguien gritó en un tono iracundo:
—¡La policÃa les arrestará! ¡Y entonces estarán perdidos…!
—¡Eso ya lo sé! —repuso una belicosa voz de mujer, que se tornó temerosa al saltar desde la ventana a la calle.
—¡Piénsatelo bien! ¿Te crees que estás soltero y no tienes familia?
Cuando pasaban junto a la casa de ZosÃmov, que habÃa perdido ambas piernas en un accidente de trabajo y recibÃa de la fábrica un subsidio mensual, el mutilado sacó la cabeza por la ventana y gritó: