La Madre

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Capítulo I-XXVII

Cuando la madre salió a la calle y oyó en el aire aquel rumor de voces, inquieto y expectante, cuando vio por todas partes, en las ventanas y los portones de la casas, corrillos de gente que seguían con mirada curiosa el paso de Andréi y su hijo, sus ojos se cubrieron con una mancha nebulosa, que parecía ondularse sobre sí misma y cambiar constantemente de color, de un verde transparente a un gris turbio.

La gente les saludaba y en sus saludos había algo especial. Sus oídos cazaron algunos comentarios intermitentes, proferidos en voz baja:

—¡Ahí van los cabecillas…!

—¿Cómo? ¡Nosotros no sabemos nada de cabecillas…!

—¡Pero si no estoy diciendo nada malo…!

En otro patio alguien gritó en un tono iracundo:

—¡La policía les arrestará! ¡Y entonces estarán perdidos…!

—¡Eso ya lo sé! —repuso una belicosa voz de mujer, que se tornó temerosa al saltar desde la ventana a la calle.

—¡Piénsatelo bien! ¿Te crees que estás soltero y no tienes familia?

Cuando pasaban junto a la casa de Zosímov, que había perdido ambas piernas en un accidente de trabajo y recibía de la fábrica un subsidio mensual, el mutilado sacó la cabeza por la ventana y gritó:


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