La Madre
La Madre Cada día, sobre el humo y el aire pringoso del suburbio obrero, mugía y vibraba la sirena de la fábrica y, dócil a su llamada, de las casas pequeñas y grises salían presurosas a la calle, como cucarachas asustadas, gentes taciturnas, que no habían tenido tiempo de aliviar con el sueño el cansancio de sus músculos. Sumidos en la fría oscuridad, recorrían las calles sin pavimentar hacia las altas jaulas de piedra de la fábrica y ella les aguardaba con una seguridad indolente, alumbrando el sucio camino con sus numerosos ojos, cuadrados y grasientos. Los pies chapoteaban en el lodo. Resonaban los roncos exabruptos de las voces somnolientas, groseros juramentos rasgaban perversamente el aire, mientras, al encuentro de los humanos, llegaban flotando otros sonidos: el penoso fragor de las máquinas o el bufido del vapor. Sombrías y severas, se vislumbraban las altas chimeneas negras, levantándose sobre el arrabal como gruesas columnas.