La Madre
La Madre El resto del día lo pasó inmersa en una abigarrada nebulosa de recuerdos, en un pesaroso cansancio que le embargaba cuerpo y alma. En esa niebla surgían y desaparecían imágenes: el pequeño oficial, como una mancha gris; el rostro broncíneo y resplandeciente de Pável; los ojos sonrientes de Andréi.
Iba de un lado a otro de la habitación, se sentaba junto a la ventana, miraba hacia la calle, se levantaba de nuevo, paseaba, volvía a pasear, enarcaba las cejas, sentía un escalofrío, miraba a su alrededor, como si buscara algo, sin saber qué… Bebía agua, pero no lograba calmar su sed ni apagar en su pecho la ardiente combustión de su tristeza y su humillación. El día había sido partido en dos: la primera parte había tenido un sentido, pero ahora aquella sustancia había desaparecido por completo y ante ella sólo se extendía un triste vacío, sobre el que pendía una pregunta embarazosa: «¿Y ahora qué…?».
Korsunova vino a verla. Gesticuló todo lo que pudo, gritó, lloró, se ofuscó, pataleó contra el suelo, propuso y prometió de manera confusa, amenazó no se sabe a quién… Pero a la madre todo aquello le resultó indiferente.
—¡Ajá! —se dejó oír la voz chillona de María—. ¡Acabaron por encolerizar al pueblo! ¡Y se rebeló la fábrica, toda entera!