La Madre
La Madre Ésa era también la vida del cerrajero Mijail Vlásov, un hombre velludo y taciturno, con una sonrisa maliciosa y unos ojos pequeños, que miraban con desconfianza bajo sus tupidas cejas. Vlásov, el mejor cerrajero de la fábrica y el varón más forzudo del barrio, ganaba poco porque solía ser grosero con los capataces. Todos los días festivos solía moler a golpes a alguien, de ahí que sus vecinos le temieran y nadie le apreciara. En cierta ocasión trataron también de zurrarle a él, pero no lo lograron. Cuando Vlásov vio que varios hombres se lanzaban contra él, cogió una piedra, una tabla y una barra de hierro y, con las piernas bien abiertas, esperó en silencio la llegada de sus enemigos. Su rostro, cubierto con una negra barba desde los ojos hasta el cuello, y sus brazos velludos asustaban a cualquiera. Más que nada eran sus ojos, pequeños y acerados, los que infundían temor: taladraban a la gente como barrenas de acero, de manera que cualquiera que se cruzara con su mirada sentía que se enfrentaba con una fuerza salvaje, inquebrantable al miedo, dispuesta a golpear despiadadamente.
—¡Largaos de aquí, canallas! —dijo con voz grave. A través de la espesa barba de su rostro, brillaban unos dientes poderosos y amarillentos. Los hombres se alejaron insultándole, pero acobardados por sus imprecaciones.