La Madre
La Madre El comisario de distrito, un hombre alto y macizo de cara redonda, se acercó a la multitud. Llevaba la gorra puesta de lado y, mientras una punta de sus bigotes se retorcía hacia arriba, la otra apuntaba hacia abajo, de ahí que su rostro diera la impresión de estar ladeado, deformado por una sonrisa mortecina y estúpida. Con su mano izquierda blandía el sable, mientras agitaba la derecha en el aire. Se oían sus pasos, pesados y firmes. La multitud se abría a su paso. En los rostros de los allí presentes se dibujó una expresión de sombrío desaliento y el rumor circundante desapareció por completo, como tragado por la tierra. La madre sintió que le temblaba la piel de la frente y que sus ojos enrojecían de improviso. Quiso unirse de nuevo a la multitud, así que se inclinó hacia delante y se quedó como paralizada en una tensa espera.
—¿Qué es lo que ocurre aquí? —preguntó el comisario, deteniéndose delante de Rybin y midiéndolo con los ojos—. ¿Por qué no tiene las manos atadas? ¡Guardias! ¡Maniatadle!
Su voz era potente y estentórea, pero sin color.
—¡Lo habíamos maniatado, pero el pueblo le desató! —respondió uno de los guardias.
—¿Cómo dices? ¿El pueblo? ¿Qué pueblo?