La Madre
La Madre La madre apoyó la espalda contra la pared y, echando la cabeza hacia atrás, escuchó sus suaves y sopesadas palabras. Tatiana se levantó, echó una mirada en derredor y volvió a sentarse.
Sus ojos verdes adquirieron un brillo seco cuando les dirigió a los dos hombres una mirada de despecho y reprobación.
—¿Ha debido sufrir muchas penalidades? —dijo ella de repente, dirigiéndose a la madre.
—¡Sí, muchas! —repuso la madre.
—Habla usted muy bien. Los corazones se van detrás de sus palabras. Al escucharla, uno piensa: «¡Dios mío, es cómo observar la vida y a esas personas a través de una rendija…!». ¿Cómo vivimos? ¡Como ovejas…! Mire, yo sé leer y escribir, leo libros y medito mucho: a veces incluso no puedo dormir de los pensamientos que tengo en mi cabeza. ¿Y qué consigo con ello? Si no pensase, no me haría mala sangre. Pero pienso, y no sirve para nada…