Mis confesiones
Mis confesiones Me di cuenta entonces de que, para ella, Dios era un pequeño amo que no conocía ley ninguna. La vieja se contradecía a cada punto y me irritaba mucho que no se me alcanzara el sentido de sus palabras.
Saludóla, y salí pensando:
«Los hombres han dividido a Dios en varias fracciones, según sus necesidades. Para unos es bueno y cruel para otros. Los sacerdotes han hecho de Él su criado y le pagan con incienso el alimento abundante que les proporciona. Larión era el único que tenía un Dios inconcebible por su grandeza».
Unas monjas que transportaban nieve en un trineo pasaron junto a mí, riendo. Yo sufría sin saber, qué partido tomar. Salí del recinto conventual. El silencio se prolongaba por los campos. La nieve brillaba; los árboles, cubiertos de escarcha, parecían dormidos. En la tierra y en el cielo, todas las cosas tenían un gesto pensativo, como si contemplaran con ternura el apacible convento. Me sobrecogía el miedo de turbar aquella paz con un gran grito…
Empezaron a tocar a vísperas. La campana resonaba lenta, pero claramente. No tenía ganas de acudir a la iglesia. Me pareció como si unos clavos muy pequeños me fueran penetrando en el cerebro.