Mis confesiones

Mis confesiones

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Repentinamente me asaltó la idea de entrar en aquella comunidad, cuyas reglas serían severísimas; vivir encerrado en una celda, entregado a las meditaciones y al estudio. Tal vez así lograría rehabilitar mi alma destrozada y convertirla en una energía poderosa.

La semana siguiente me hallaba ante el superior del convento de Sawaticif. Me fue simpático; era un hombre apuesto, algo canoso, robusto, calvo y sanguíneo. Tenía una expresión grave y una mirada grata.

—¿Por qué huyes del mundo, hijo mío? —inquirió.

Le expliqué que mi alma estaba dolorida por la muerte de mi mujer; pero me fue imposible decirle más; algo extraño me lo impedía.

Mientras se acariciaba la barba, me envolvía en una mirada penetrante:

—¿Puedes donar algo a la Iglesia?

—Tengo unos cien rublos.

—¡Entrégalos! Ve al refectorio; te veré mañana después de la misa.

El Padre Nifonte, encargado de los peregrinos, me fue también simpático.


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