Mis confesiones

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II

LARIÓN tenía un amigo, Savelko Miguoune, redomado pícaro y borracho empedernido, apaleado repetidas, veces y preso por sus malas acciones; era, en resumen, un hombre extraordinario. Cantaba y refería anécdotas de tal modo, que aun hoy, al recordarlo, no puedo menos que asombrarme.

Le había oído muchas veces, y en mi imaginación le veo aún ahora netamente: flaco, vivaracho, harapiento; perfil anguloso, mentón exiguo, cara angosta, ancha frente que cobijaba unos ojos cínicos y alegres, titilantes como dos estrellas sombrías.

A menudo le acompañaba una botella de aguardiente; otras veces Larión le mandaba a que comprara; sentábanse a la mesa uno enfrente de otro, y Savelko decía:

—¡Venga, chantre, ese «Miserere»!

Empezaban ambos a beber y Larión a cantar un tanto cohibido. Savelko escuchaba sin hacer un gesto; de vez en cuando guiñaba los ojos, inflaba el vientre y se le saltaban unas lágrimas. Después se pasaba la mano por la frente y sonreía; luego enjugábase con los dedos las lágrimas que se le deslizaban por las mejillas y, levantándose de un brinco, como si fuera una pelota de goma, exclamaba:


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