Mis confesiones
Mis confesiones ME dirigÃa a Luben, donde pensaba ver al Padre Afanasio. Por el camino, andaba a mi lado un anciano taciturno, que avanzaba apoyándose en su bastón blanco.
Entablé diálogo con él:
—¿Hace mucho tiempo que viajas, abuelo?
Muy contento por mi pregunta, volvió a un lado y a otro la cabeza, sonriente.
—¡Hace nueve años, amigo, nueve años!
—¿Tan grande es el pecado que has cometido?
—¿Cuál es la medida que puede evaluar los pecados? ¡Sólo Dios lo sabe!
—Es verdad, pero, cuéntame lo que has hecho. Empecé a reÃr y él me sonreÃa.
—¡Pues, nada! He vivido como todo el mundo. Soy oriundo de Siberia; ahora vengo de las inmediaciones de Tobolsk; en mis mocedades fui carretero; luego monté una hosterÃa, y una taberna más tarde, y un comercio…
—¿Habrás desvalijado a algún viajero?
El viejo hizo un gesto de espanto.
—¿Por qué dices eso? Dios me ha preservado… ¡Vaya idea!
—Ha sido una broma. Al verte, se me ha ocurrido: «Ese abuelo no ha cometido grandes pecados».
Volvió a mover lentamente la cabeza, con cierta dignidad.
