Mis confesiones
Mis confesiones —Cristianos ortodoxos, aportad vuestras dádivas.
El jefe de la guardia rural intervino con su autoridad y entregó tres rublos. Los campesinos abrieron sus bolsas, las mujeres ofrendaron telas y cereales; fue un dÃa de fiesta en el pueblo. Yo estaba alegre como unas Pascuas.
HabÃa observado ya, durante la misa, que Larión tenÃa aire mohÃno y no miraba a nadie, mientras Savelko burlonamente fisgoneaba entre el público, deslizándose como un ratón. Por la noche fui a contemplar la imagen milagrosa: suspendida sobre el pozo, esparcÃa una claridad azulada y vaporosa, como si el soplo de un ser invisible le diera vida, iluminándola. Experimenté una sensación mezclada de angustia y de gozo.
Al entrar en casa oà cómo Larión decÃa tristemente:
—¡No existen imágenes como ésta!
A lo que contestó Savelko, riendo y silabeando las palabras:
—¡Bien lo sé! Moisés vino al mundo antes que Cristo. ¡Vamos! ¡Qué granujas! ¿Eso un milagro? ¡Qué imbéciles son nuestros labriegos!