Mis confesiones
Mis confesiones Veía que cada uno tiene su dios especial, que no es ni más noble ni más bello que sus fieles. Y esta experiencia me desolaba. No es Dios lo que el hombre busca, sino el olvido de su dolor. El infortunio hostigaba al hombre, echándole de todas partes; el hombre salía fuera de sí mismo, rehuía, la acción; tenía miedo de colaborar con la Vida, y buscaba un rincón tranquilo donde ocultarse. No descubría en los hombres ese santo afán de buscar a su dios, ni el ansia por los goces divinos; sólo veía en todos por igual una expresión de miedo ante la Vida, y un deseo ardiente de acabar con los pesares.
«¡No, no es eso!»
Me ocurría, a veces, cruzarme con un hombre que meditaba gravemente, y cuya mirada, brillaba con puras claridades. Una y dos veces lo hallaba en ese estado; pero a la cuarta o quinta ya no era el mismo, sino un hombre iracundo o ebrio; su modestia había cedido a la grosería y a la impudicia, y hasta blasfemaba.
Yo no acertaba a comprender por qué ese hombre se había depravado, dónde se había estrellado. Me parecía que todos eran ciegos y caminaban tropezando. Las gentes emplean con demasiada frecuencia vocablos extraños, ignorando la idea, buena o mala, que contienen.