Mis confesiones
Mis confesiones Se recogían los discursos de los píos monjes, las profecías de los ermitaños y de los anacoretas, y se los distribuían, como hacen los niños con los juguetes. No me encontraba en presencia de hombres, sino de fragmentos de una vida corrupta, del vil polvo humano que flota sobre la tierra y es arrastrado por el viento hasta los atrios de las iglesias.
Una inmensa muchedumbre daba vueltas en torno de las reliquias, de las imágenes milagrosas, y se bañaba en los sacros manantiales, sin preocuparle otra cosa que el olvido de sí misma.
Las imágenes santas no me producían efecto desde mi infancia; la vida monacal destruyó por completo la poca fe que en ellas tenía. Las procesiones me sofocaban; parecían un enorme gusano grisáceo, formado por gentes que se arrastraban por la polvareda de los caminos, excitándose mutuamente a impulsos de una fuerza que me era desconocida.
Y por encima de esas gentes, que avanzaban con la cabeza inclinada hacia el suelo, se levantaba la imagen, semejante a un pájaro amarillento; los hombres que la conducen parecen poco esforzados para tanto peso.