Mis confesiones
Mis confesiones Las posesas se abatÃan como masa inerte a los pies de la muchedumbre, sobre el fango o el polvo; agitábanse como peces recién sacados del agua; se oÃa un alarido salvaje y las gentes pasaban por encima de sus cuerpos convulsos, pisoteándolos o empujándolos, y gritando al Ãdolo:
—¡Cúralos, Virgen SantÃsima!
Gesticulando, empapados en sudor, ennegrecidos por el polvo, con los rostros en tensión suprema, aquellos seres humanos tenÃan aspecto salvaje. Y la procesión, con sus cánticos tristones y monótonos de voces fatigadas, con el rumoreo sordo de los pasos, era como una ofensa al cielo y a la tierra.
Bajo los árboles, a uno y otro lado del camino, los mendigos formaban dos abigarradas hileras: sentados o echados en tierra, enfermos, lisiados, mancos, ciegos, cojos, inválidos cubiertos de llagas pustulosas… Cuerpos agotados yacÃan por el suelo; manos y pies deformes se agitaban en el aire, tendiéndose hacia los que pasaban para excitar su compasión. Gimiendo y lloriqueando, con las llagas expuestas a los ardores del sol, aquellos miserables imploraban, exigÃan la limosna en nombre de Dios. Muchas caras no tenÃan ojos; otras poseÃan la mirada brillante como una llama; la enfermedad corroÃa las carnes y los huesos en labor despiadada; aquello era como una florescencia hedionda y sanguinolenta.