Mis confesiones

Mis confesiones

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¡Qué cruel me pareció la fuerza que los perseguía y acosaba entre el polvo y el fango!

En la bella ciudad de Kiev, en la ribera del Dnieper, encontré un hombre interesante, un cosaco, sentado en el ribazo, enfrente de la Gran Laura[1]; se entretenía arrojando piedras al agua. Aparentaba irnos cincuenta años de edad, era barbudo y calvo, su rostro estaba surcado de arrugas y su cabeza era grande. En aquellos tiempos yo sabía ya reconocer a las personas formales por la expresión de sus ojos. Me aproximé y tomé asiento a su lado.

Declinaba la tarde. Las aguas del Dnieper corrían turbias y veloces; frente a nosotros, la colina florecía de templos, el jactancioso dorado de las cúpulas lanzaba destellos bajo el sol poniente, y las cruces irradiaban luz, mientras la vidriería de los ventanales fulguraba como piedras preciosas. Imaginábame que la Tierra había abierto su seno y desplegada al sol sus tesoros, con altiva prodigalidad.

Aquel hombre me habló en voz baja y apesadumbrada:

—Habría que rodear toda la Laura de pedazos de vidrio, expulsar a los frailes y prohibir el acceso a todo el mundo; nadie merece vivir entre tanta belleza.


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