Mis confesiones

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La Laura, en efecto, parecía la realización de una leyenda contada por un gran mago; las aguas del Dnieper corrían desde lejos y al llegar allí cabrilleaban gozosamente; pero la débil voz del cosaco no era ahogada por el canto de las maravilladas olas.

—¡Con qué tesón la comenzaron, con qué empuje la han construido!

Como personajes de un sueño antiguo, evoqué al príncipe Vladimiro, a Antonio, a Teodosio, los héroes de la leyenda rusa, y sentí una infinita nostalgia.

En la otra orilla, innúmeras campanas repicaban alegremente; pero oía mejor aún las tristes reflexiones acerca de la vida:

—Ninguno de nosotros se acuerda de su origen. Yo, por mi parte, me puse a investigar la verdadera fe, y ahora me pregunto: ¿dónde está el hombre? No puedo dar con él. Hay campesinos, cosacos, funcionarios, popes, comerciantes; pero todos desconocen los asuntos corrientes y naturales. Cada cual sirve a otro; todos están, a su vez, a las órdenes de otro; por encima de los jefes hay otros jefes, y así se llega a una altura inconmensurable. ¡Y allí es donde está Dios oculto!

La noche se iba haciendo más profunda. El agua del río habíase amoratado y los rayos de luz de las cruces que remataban las iglesias se habían extinguido. El cosaco volvió a arrojar piedras al Dnieper, pero yo no distinguía ya los círculos que formaban en las aguas.


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