Mis confesiones

Mis confesiones

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—Hace tres años —prosiguió mi compañero—, estalló una revuelta en mi pueblo, en Maikop, a consecuencia de haber diezmado la peste nuestros ganados. Los dragones cargaron sobre nosotros con objeto de restablecer la paz, y unos cristianos dieron muerte a otros cristianos. Murió mucha gente. Yo no acertaba a explicarme qué clase de fe era la nuestra, la de los rusos, puesto que nos matamos mutuamente a causa de algunos bueyes, cuando nuestro Dios ha dicho: «¡No matarás!»

La Laura iba poco a poco cubriéndose de tinieblas; parecía desvanecerse en la montaña, como una alucinación. El cosaco buscaba a tientas pedruscos, que luego lanzaba al río.

—Y es así —proseguía, bajando la cabeza—; la ley de Dios es una lactancia espiritual de la que sólo el suero recibimos. Está escrito: «Los puros de corazón verán a Dios»; pero ¿cómo tener el corazón puro cuando no se puede vivir según el propio deseo? Privado de libertad, el hombre no puede poseer sino una simulación de la fe; pero no la verdadera.

Levantóse y se sacudió las ropas, mirando luego a su alrededor.

—No somos libres de servir a Dios. ¡Eso es lo que yo creo!


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