Mis confesiones

Mis confesiones

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Y recogiendo su gorra del suelo, se marchó. Yo no alcanzaba a comprender las palabras del cosaco, por más que me esforzara; sin embargo, adivinaba que contenían una parte de la Verdad.

La noche meridional me acariciaba mientras yo pensaba:

«¿Será bella el alma humana solamente en la angustia? ¿Dónde está el eje a cuyo alrededor se enrosca el torbellino de la vida? ¿Cuál es el objeto de esa agitación?»

Al acercarse el invierno, procuraba siempre dirigirme a las tierras meridionales, de clima templado, pero si el frío y la nieve me sorprendían en el norte, entonces buscaba refugio en un convento. Los primeros días, los monjes me ponían mala cara, pero al verme trabajar se tornaban más amables; les gustaban los hombres que, como yo, trabajaban sin pedir sueldo. Descansaban mis pies, mientras mi cabeza y mis manos se mostraban laboriosas. Por mi imaginación desfilaba todo lo que había percibido durante el verano; de ese bagaje iba yo extrayendo un alimento puro para mi alma; examinaba y analizaba mis recuerdos, intentando dar con la explicación final de cada cosa, y no pocas veces mis perplejidades me daban ganas de llorar.


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