Mis confesiones
Mis confesiones —El cura y el jefe de guardias rurales merecerÃan que los metieran en la cárcel por esta patraña —dijo Larión en voz baja—. ¡Para que aprendan a no ahogar, el sentimiento de Dios en los hombres, en aras de sus intereses particulares!
Esta conversación me molestaba, y asà pregunté, desde la estufa donde me hallaba acostado:
—¿De qué habláis, tÃo Larión?
Los dos hombres callaron y, visiblemente embarazados, comenzaron a cuchichear. Poco después exclamó Savelko:
—¿Y tú qué haces? ¿Te quejas de que las gentes sean imbéciles y no te da vergüenza hacer un imbécil de ese pequeño Matvei? ¿Por qué?
Y saltando de la silla me dijo:
—¿Ves estos fósforos, Motka? Los froto entre ambas manos. FÃjate. ¡Apaga la lámpara, Larión!
Entonces vi, en la oscuridad, cómo las manos de Savelko brillaban con una claridad azulada y vaporosa, igual que la imagen milagrosa. El espectáculo era terrible y deprimente.