Mis confesiones

Mis confesiones

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

XVIII

TAMBIÉN visitaba los conventos de mujeres, durante una o dos semanas. En uno de ellos, situado junto al Volga, me di un hachazo en un pie, cortando lefia. Una bondadosa vieja, la Madre Teoctista, cuidó de mí. El convento no era grande, pero sí rico, y las hermanas tenían todas aspecto próspero y digno. Pero sus modales remilgados, sus palabras melosas, me molestaban tanto como sus grandes papadas.

—Un día, en la misa de vísperas, oí a una religiosa que cantaba divinamente. Era una muchacha de talle esbelto, ojos negros y graves, labios encarnados y pómulos enrojecidos. Cantaba como si interrogase a alguien, con voz arrogante, en la que parecía vibrar un punto de irritación.

Mi herida se había cicatrizado, trabajaba nuevamente y me disponía a partir. En cierta ocasión, me encontraba abriendo un camino entre la nieve, cuando acertó a pasar la religiosa; su andar era lento y su expresión de sopor. De la mano derecha, que apretaba sobre el pecho, pendía un rosario; la izquierda colgaba desmayadamente a lo largo de su cuerpo, como una fusta; se mordisqueaba los labios y fruncía el entrecejo. La saludé; irguió vivamente la cabeza y miróme de un modo tan rencoroso como si en otro tiempo le hubiese causado algún mal.

Su mirada me mortificó; por otra parte, aquellas religiosas jóvenes no me arredraban.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker