Mis confesiones
Mis confesiones TAMBIÉN visitaba los conventos de mujeres, durante una o dos semanas. En uno de ellos, situado junto al Volga, me di un hachazo en un pie, cortando lefia. Una bondadosa vieja, la Madre Teoctista, cuidó de mÃ. El convento no era grande, pero sà rico, y las hermanas tenÃan todas aspecto próspero y digno. Pero sus modales remilgados, sus palabras melosas, me molestaban tanto como sus grandes papadas.
—Un dÃa, en la misa de vÃsperas, oà a una religiosa que cantaba divinamente. Era una muchacha de talle esbelto, ojos negros y graves, labios encarnados y pómulos enrojecidos. Cantaba como si interrogase a alguien, con voz arrogante, en la que parecÃa vibrar un punto de irritación.
Mi herida se habÃa cicatrizado, trabajaba nuevamente y me disponÃa a partir. En cierta ocasión, me encontraba abriendo un camino entre la nieve, cuando acertó a pasar la religiosa; su andar era lento y su expresión de sopor. De la mano derecha, que apretaba sobre el pecho, pendÃa un rosario; la izquierda colgaba desmayadamente a lo largo de su cuerpo, como una fusta; se mordisqueaba los labios y fruncÃa el entrecejo. La saludé; irguió vivamente la cabeza y miróme de un modo tan rencoroso como si en otro tiempo le hubiese causado algún mal.
Su mirada me mortificó; por otra parte, aquellas religiosas jóvenes no me arredraban.
