Mis confesiones

Mis confesiones

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Savelko continuó hablando, pero yo me tapé los oídos y acurrucándome en un rincón de la estufa, permanecí silencioso. Entonces se echaron los dos a mi lado, sin olvidar el aguardiente, y estuvieron largo rato explicándome lo que eran milagros verdaderos y los procedimientos sacrílegos que se empleaban para engañar la credulidad de las gentes. Me adormecí con el murmullo de sus voces.

Dos o tres días después llegaron a la aldea muchos sacerdotes y funcionarios, los cuales se apoderaron de la imagen, destituyeron al jefe de los guardias y amenazaron al párroco con procesarle. Entonces me di cuenta de la superchería, aun cuando me costaba mucho creer que todo aquel aparato religioso no había tenido otro fin que sacar el dinero a los campesinos y las telas a sus mujeres.

Cuando hube cumplido los seis años, Larión comenzó a darme lecciones de lengua eclesiástica. Transcurrieron dos inviernos; en el pueblo se estableció una escuela, en la que ingresé. Al principio me despegué algo de Larión; me gustaba el estudio y me entregué a él con ardor. De vez en cuando, él me tomaba las lecciones.

—Muy bien, Motka —decía.

Cierto día me dijo:

—Tienes buena sangre en las venas. Se ve que tu padre no era ningún tonto.


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