Mis confesiones
Mis confesiones —¿Dónde está mi padre? —le pregunté.
—¡Quién sabe!
—¿Era labriego?
—De él no sabemos con certeza sino una cosa: ¡era un hombre! ¿Qué clase de hombre era? Nadie lo sabe. Yo no creo, sin embargo, que fuera labriego. A juzgar por tu semblante y tu piel, por no hablar de tu carácter, debÃa ser un noble.
Estas palabras se grabaron en mi memoria y no dieron muy buen fruto. En la escuela, cuando mis compañeros me llamaban «niño abandonado», me encorajinaba, y les respondÃa:
—¡Vosotros sois hijos de labriegos; mi padre es un señor!
Y asà llegué a creerlo plenamente, comprendà que era necesario defenderme contra las injurias; no me quedaba otro recurso. Empezaron a detestarme y a ponerme groseros remoquetes; yo contestaba con golpes, y como era fuerte, llevaba siempre las de ganar. Afluyeron las quejas; los padres de los alumnos dijeron al chantre:
—¡Castiga a tu bastardo!
Los maestros no me dijeron nada, pero me tiraban de las orejas con sobrada frecuencia.
Un dÃa, Larión me advirtió: