Mis confesiones
Mis confesiones —Oye, Matvei: podrÃa muy bien ser que fueras hijo de un general, pero eso no tiene ninguna importancia. Todos nacemos de igual modo, por consiguiente, el honor es el mismo para todos.
Era demasiado tarde; tenÃa ya doce años, y, las injurias dejaban en mà huella profunda. Me disgustaba la compañÃa de los otros muchachos, y esto me acercó más al sacristán. Vagábamos todo el invierno por el bosque, cazando pájaros, y descuidaba mis estudios.
Dejé las clases a los trece años; Larión no sabÃa lo que iba a hacer conmigo. ¡Cuántas veces, metidos en la barca, yo remando y él en el timón, formaba planes y más planes para el porvenir, y recorrÃa con la imaginación todos los senderos de la vida humana!
Me imaginaba clérigo, militar o empleado; pero de ninguna manera me consideraba feliz.
—Vamos a ver, Motka, ¿qué opinas tú? —Y luego, riendo, añadÃa—: ¡Qué importa! ¡No tengas cuidado! Llegarás de una o de otra manera. ¡Pero, eso sÃ, rehúye el servicio de las armas; eso ahoga la personalidad!
Un dÃa del mes de agosto, poco después de la Asunción, fuimos al lago de Liubochin a pescar siluros. Larión estaba un tanto bebido y llevaba aguardiente consigo. De vez en vez, tomaba un trago, tosÃa un poco y cantaba desaforadamente.