Mis confesiones
Mis confesiones La barca era pequeña, vieja y no muy estable. En un movimiento demasiado brusco que hizo el chantre para volverse, zozobró el bote y ambos caÃmos al agua. Como no era la primera vez que esto nos ocurrÃa, no experimenté temor alguno. Al volver a flor de agua vi a Larión que nadaba junto a mÃ, y me dijo:
—Gana la orilla; yo voy a empujar este maldito cascarón hasta el otro lado.
La orilla no estaba distante, y la corriente era poca; me puse a nadar tranquilamente, pero de improviso sentà que me tiraban de los pies, y volvÃme con presteza: el bote anegado continuaba en el mismo sitio, pero Larión habÃa desaparecido.
Me sentà penetrado por el miedo, como si hubiera recibido una pedrada en la cabeza; un estremecimiento me recorrió el cuerpo y luego me sumergÃ.
Acertaba a pasar por allà un sirviente de la finca, llamado Titof, guiando un coche. Aquel hombre presenció la escena y la desaparición de Larión. Cuando las fuerzas iban a abandonarme, Titof estaba ya en la orilla, despojándose de sus ropas. Él me salvó. No dimos con el cuerpo de Larión hasta por la noche.