Mis confesiones

Mis confesiones

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—¿Qué estás meditando? —me interrumpió—. Dirígete a la fábrica, trabaja y discute con mis amigos. ¡No perderás nada con ello, te lo aseguró! Son gentes muy sensatas; allí me he instruido yo.

Trazó unas líneas en un pedazo de papel, que me alargó después.

—¡Ve allí! ¡Ya verás como vas a estar bien! ¡Son seres que viven, resucitados! ¿No me crees?

—Los ojos débiles ven muchas cosas; pero ¿las ven bien?

—¡Mira con todo tu ser! —prorrumpió—. ¡Mira con todo tu corazón, con tu inteligencia! No te he dicho: ¡cree! Te he dicho: ¡aprende, indaga!

Nos abrazamos, y se fue. Andaba con paso ligero, como un mozo lleno de ilusiones. Una gran tristeza se apoderó de mí al ver como aquella ave emprendía el vuelo, hacia no sé dónde, para cantar allí su canción. Tenía la cabeza cargada; mis ideas eran soñolientas, desaliñadas, perezosas. ¡Qué extravagante confusión! No acertaba a definir con exactitud dónde comenzaban mis ideas propias y dónde terminaban las ajenas. Sentía a un tiempo despecho y ganas de reír: parecía como si me hubiesen amasado el cerebro.

Al salir de Verkhoturie, pregunté adónde conducía aquélla carretera, y me contestaron:

—¡A la fábrica Isetsky!


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