Mis confesiones

Mis confesiones

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

XXIII

EMPECÉ a sentir en mi la dulce palpitación de sentimientos nuevos. Me parecía como si cada hombre me mandara un rayo difuso e invisible, que me endulzaba el corazón. Y yo era cada vez más sensible a esos fluidos misteriosos. Las reuniones de los obreros en casa de Mikhailo dejaban el ambiente saturado como de una cálida nube de pensamientos que me envolvía y sobreexcitábame de una manera extraña. Aquellos hombres empezaron a comprenderme, aunque sólo a medias. Al dirigirles la palabra parecían formar mi cuerpo y por un momento yo me convertía en su alma y su voluntad. Y mi palabra era su voz. Había instantes en que yo vivía como si fuese un miembro de no sé qué cuerpo; oía cómo otros labios lanzaban el grito de mi alma, y eso me hacía dichoso. Pero al apagarse aquel grito volvía a sentirme otra vez solo, perdido.

Recordaba aquellos días de comunión con Dios, en mis preces. ¡Era tan dulce desaparecer, dejar de existir! Pero comulgando con los hombres, yo no me anulaba, sino que, antes al contrario, me agrandaba, me erguía por encima de mí mismo, y la fuerza de mi espíritu se acrecentaba y multiplicaba. Había también en eso algo de olvido de mí mismo; pero ese olvido no me anonadaba, no hacía más que extinguir mis ideas amargas y el sentimiento alarmante de mi soledad.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker