Mis confesiones
Mis confesiones Ese enigma se me presentaba en una forma indistinta y vaga. Sentía desarrollarse en mi interior un nuevo germen y que mi alma experimentaba una atracción cada vez mayor hacia la Humanidad.
Trabajaba a la sazón en la fábrica, con un jornal de cuarenta copecks. Dedicáronme a transportar en una carretilla, o sobre los hombros, objetos de toda clase: hierro fundido, escorias, ladrillos, sin que por ello cesara mi odio por aquel infernal lugar, con sus lodos, sus bramidos, su incesante estrépito y su calor de tortura.
La fábrica había clavado sus garfios en la tierra, ahogándola; chupábala de día y de noche, con una avidez insaciable, trémula de codicia; lanzaba alaridos y vomitaba la sangre flamígera del sol por sus fauces incandescentes. A veces se apagaba, oscurecíase. Y vuelta otra vez a roncar, a tronar, a fundir y laminar el hierro candente; arrojaba centelleos y jadeaba sin descanso, estirando las largas columnas de metal vivo, que parecían las venas del cuerpo terrestre.
Había en aquel trabajo algo de salvajismo y aun de vesania.
El monstruo ululante vaciaba las entrañas de la tierra, ahondando un precipicio bajo su propio cuerpo; sabía que iba a despeñarse en él, temprano o tarde; pero aun así sus mil voces seguían gritando sin cesar:
«¡Vivo! ¡Vivo! ¡Más aprisa!»