Mis confesiones

Mis confesiones

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Entre el fuego y el estrépito, bajo una lluvia de centellas, se afanaban unos hombres, ennegrecidos de humo. Parecía imposible que pudiesen vivir allí, donde todo amenazaba abrasarlos, reducirlos a pavesas, aplastarlos bajo los enormes martillos; el trabajo les ensordecía y cegaba; un calor horrible les estancaba el curso de la sangre.

Estaban conscientes de aquellos peligros y no los temían; efectuaban sus rudas labores con pasmosa seguridad, como unos diablos acostumbrados al infierno. Movían las palancas con sus pujantes brazos; por todas partes, suspendidas sobre sus cabezas, unas máquinas enormes iban mascando acero, terribles y obedientes. Se hacía difícil distinguir quién era allí jefe. Unas veces parecía que el hombre dominaba a la fábrica y dirigía a su gusto; pero muchas otras el dueño de la fábrica y de los hombres era, sin duda, el diablo, que ante aquel tumulto de locura, creado por la codicia, reía sarcástica, triunfal y abominablemente.

Los obreros acostumbraban decirse:

—¡Eh, ya es hora de ir al trabajo!

¿Pero eran realmente ellos los que iban al trabajo o era más bien el trabajo quien los llamaba y oprimía? No podría decirlo. El trabajo es duro e imperioso; pero el espíritu humano es dúctil y desenvuelto.


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