Mis confesiones
Mis confesiones Los camaradas de Mikhailo estaban en todas las circunstancias a la cabeza de los otros; hablaban siempre en voz alta y no temían a nada ni a nadie. En otro tiempo, cuando no me preocupaba el pueblo, no sabía apreciar la diferencia entre unos y otros, pero entonces, les estudiaba para comprender lo que les distinguía y asignar a cada uno el sitio que le correspondiera en mi alma. Lo lograba pocas veces; que si las palabras y los semblantes eran diversos, la creencia y los propósitos eran idénticos en todos. Edificaban algo, sin premiosidades, pero con espíritu de concordia y de perseverancia.
Todos los amigos de Mikhailo eran de trato afable y provechoso, que me agradaba, como al viajero extraviado en un bosque frondoso, la aparición de un claro. Procuraban siempre atraer a sus reuniones a los obreros más inteligentes. Y así formaban, en el conjunto de la fábrica como un círculo espiritual, un foco de ideas luminosas y radiantes.
A mi ingreso en la fábrica fui acogido con gritos y chanzas que no tenían, ciertamente, nada de amistoso.
—¡Eh, moscón rojo! ¡Holgazán! ¡Parásito!