Mis confesiones
Mis confesiones A veces me empujaban intencionadamente; pero entonces mi paciencia se apuraba y no era parco en distribuir puñetazos. Cierto día pude haberme visto en un mal trance, sin la intervención de un amigo de Mikhailo, llamado Gavrillo Kostin. Era éste un joven fundidor, guapo mozo, y de mucho ascendiente.
Me hallaba entre cinco o seis hombres que amenazaban hacerme pasar un mal rato, cuando Kostin se puso junto a mí, increpando a los agresores:
—¿Por qué hostigáis a este hombre, compañeros? ¿No es un obrero como vosotros? Sois injustos y os perjudicáis a vosotros mismos. Nuestra fuerza reside en nuestra íntima amistad…
No hubo de prolongar mucho su discurso, cuyos conceptos eran simples y claros como si hablara con niños. Los amigos de Mikhailo aprovechaban todas las coyunturas para divulgar sus doctrinas. Mis adversarios quedaron derrotados y yo mismo me sentí tan afectado por las observaciones de Kostin, que comencé a hablar:
—¡Si me hice fraile, fue porque mi alma estaba hambrienta y no porque buscara el lucro! Comprendí que en la Tierra no hay sino trabajo incesante, miseria, sufrimientos, lágrimas, crueldad y calamidades de todo género. Y quise saber quién había organizado la existencia, dónde se encontraba nuestro Dios justo y sabio, y averiguar si conocía el eterno tormento de sus criaturas.